Los banana business

Vía El Comercio

Por César Ferradas, Centrum Católica.

Desde hace muchos años, los países en “vías de subdesarrollo” son conocidos como “banana republics”, haciendo referencia no solo a su calidad de exportadores de materias primas, sino también a su cultura nacional, en tanto vida política, económica y social.

Tal vez ahora ya no se les conozca con un término tan peyorativo porque se ha acudido al eufemismo de llamarlos “países en vías de desarrollo”, pero el cambio de denominación no modifica, en esencia, las características intrínsecas de pobreza, marginación e injusticia que se les asocian.

Medrando dentro de esta situación de coloniaje, aún vigente en la estructura económica –y que se refleja brutalmente en lo social–, se ha desarrollado a lo largo de todos los países subdesarrollados un tipo de negocios a los que podríamos llamar los ‘banana business’, o empresas plataneras.

Estas organizaciones mantienen los esquemas tradicionales y obsoletos de visión, ejecución y control de sus negocios, muchas de ellas aconsejadas –dictadas, en realidad– por múltiples organismos de ayuda internacional, financiados y dirigidos por grandes capitales transnacionales que “asesoran” el qué, cómo, cuándo y dónde hacer las cosas.

Muy pocos de estos empresarios piensan en toda la comunidad vinculada (‘stakeholders’) y abundan los que solo buscan maximizar sus propios beneficios (‘stockholders’). Es que la gran mayoría no son empresarios, sino mercaderes, comerciantes o agiotistas a los que denomino “empresaurios”, que con perspectivas de cortísimo plazo hacen “caldo” con la gallina de los huevos de oro.

El ejemplo más dramático de este tipo de comportamiento en el ámbito mundial es el de la United Fruit Company de EE.UU., que después de una centuria recién cuestionó sus prácticas de explotación ya no aceptables en nuestros tiempos y que hicieron crisis (1997) debido a las malas relaciones obrero-patronales: huelgas y prácticas de trabajo ineficientes que le costaron más de US$90 millones. Tal reflexión los condujo a generar un cambio estratégico radical en su relación con la comunidad vinculada. Pero también a perder su nombre, sustituido ahora por Chiquita, una marca posicionada con éxito desde el siglo pasado como el nombre genérico del plátano en Europa. Así, en marzo del 2002, Chiquita Brands International emergió de la bancarrota. La reestructuración financiera eliminó US$700 millones de la deuda e intereses acumulados y US$60 millones en pagos anuales por intereses.

En su libro “Guerra de la Mercadotecnia”, Al Ries y Jack Trout aconsejan crear una categoría propia, con identidad y características diferenciales. Entendiendo la diferencia no como cambios cosméticos, sino como un profundo cambio en lo esencial del producto que ofrecemos y su relación con el medio ambiente. Y es que la política de seguidores (“Follow the leader”) no conducirá al éxito empresarial; seguiremos siendo el furgón de cola de un capitalismo superado que “ya fue”. Un modelo agotado, según Lester Thurow, que aún no sabemos superar. Porque siguiendo al líder nunca lo alcanzaremos y, lo que es peor, perderemos nuestra propia identidad.

Todo lo expuesto anteriormente debe contextualizarse, sin detrimento y menos perjuicio de desconocer los parámetros de calidad y exigencia de los mercados a los cuales nos debemos dirigir. Tal vez podamos resolver tal dilema volviendo a enfatizar sobre el tema de las ventajas comparativas, en lugar de seguir modas pasajeras y nefastas como, por ejemplo, la de sustitución de importaciones.

El verdadero desarrollo empresarial se encuentra en formular y ejecutar negocios basados en ventajas competitivas que estén desarrolladas sobre las ventajas comparativas reales que nos brinda nuestro entorno específico. Las ventajas competitivas que no se apoyen en ventajas comparativas reales, perdurables y sostenibles se convertirán, más temprano que tarde, en desventajas. Una suerte de harakiri (suicidio) empresarial.

Debemos iniciar un gran cambio estratégico dirigido a lograr la reconversión empresarial que el país reclama. Insertarnos realmente en la globalización, sin necesidad de recurrir a “proteccionismos disfrazados”. El libre comercio no requiere una legislación restrictiva, basta poner en práctica el viejo y simple sistema del “dejar hacer, dejar pasar” (Laisser faire, laisser passer).

Un cambio nacional de las empresas debe ser auspiciado, fomentado e incentivado por el Estado. Jamás dirigido, manipulado o controlado, ya sea por la burocracia pública o por oligarquías que no solo son de índole económica, sino que invaden el terreno político, buscando sus propios y egocéntricos intereses individuales. No se dan cuenta de que el mayor beneficio de sus empresas y negocios solo puede darse en tanto y cuanto colaboren a alcanzar el bien común. El bienestar de toda la nación es, en los términos definidos por el general José del Carmen Marín, fundador del CAEM: bienestar y seguridad nacional.

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