Pensar antes de comunicar

por Gustavo Rodríguez / Toronja Comunicación Persuasiva
El Comercio 06 de Noviembre, Sección de Economía

Hace un año me invitaron a una reunión misteriosa. Quien la organizaba no me quiso dar muchos detalles, y a ella acudí movido más por la curiosidad que por mis piernas.

Cuando entré al salón reservado, mi recelo se convirtió en grata sorpresa al encontrarme con cinco personalidades que admiro por su desempeño en distintas áreas. Entre ellas reconocí a la representante de una educadora extranjera, considerada como una de las cien personalidades mundiales más influyentes en aprendizaje de la comunicación.

Una vez servidos los cafés, fue la representante de la educadora quien me lanzó esta pregunta: “¿Usted cree que todavía haya espacio en el Perú para una institución que quiera enseñar comunicaciones?”.

Por un instante recordé la gran cantidad de facultades e institutos que lo hacen. Un comentario a la ligera ya iba a escapar de mi boca, cuando otro grupo de recuerdos me cerró los labios. En todos ellos había algún joven recién egresado que conocí trabajando.

Recordé a un chico que jamás había pisado un asentamiento humano como parte de su aprendizaje como comunicador. Recordé a una chica que utilizaba en sus comerciales música de fiesta rave porque era la que más le gustaba a su círculo de amigos. Recordé a un flaco que jamás había escuchado lo que era comunicación ‘below the line’. Le agregué azúcar a mi taza de café y seguí recordando.

Recordé a otro chico que había hecho una estrategia para una golosina, y no se le había ocurrido utilizar las bodegas como espacio de comunicación a pesar de que en ellas se decide a último segundo qué golosina comprar. Recordé a otro que no recordaba nada del único curso de sociología que había tenido. Recordé a otro, gordito, que quería ser redactor y que escribía “estubo” en lugar de “estuvo”.

Recordé a una chica que pasaba mucho tiempo leyendo separatas, pero que no pasaba ni la mitad de tiempo reflexionando sobre lo que había leído. Sorbí mi taza de café sabiendo que, mientras más me demorara en contestar, más atención obtendría por mi respuesta. Y seguí recordando. Recordé a una chica que no entendía por qué es tan importante estudiar psicología si se aspira a ser comunicador. Recordé a diez practicantes que tenían la palabra ‘creatividad’ a flor de labios, pero jamás la palabra ‘estrategia’ cerca de la garganta.

Por último, me recordé a mí mismo prestándole atención a las ciencias sociales cuando ya trabajaba, y jamás cuando estudiaba. Sorbí otra vez mi café. Ordené mis pensamientos. Y respondí que solo veía interesante una propuesta educativa que, en vez de seguir endiosando a la inspiración, le diera el lugar que se merece a la reflexión. Es decir que en vez de perseguir la “inspiración” antes de comunicar, buscara la “reflexión” antes de comunicar. Edison ya lo había dicho de forma genial al comentar que no hay inspiración sin transpiración.

Hoy veo que mis recuerdos junto al café fueron útiles. Esta semana se lanza la Escuela de Comunicación Estratégica. Su lema es “Pensar antes de comunicar”. Lo cual me recuerda, con satisfacción, que también es bueno pensar antes de responder.

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