La historieta que nadie quiere publicar

Agripado pero feliz. Si, así es como estoy ahora. Tengo una congestión terrible pero estoy feliz por el día que tuve. Nada trascendental como para ser relatado con detalle, sólo fue por una charla que dí que me salió muy bien, y el hecho de encontrarme con una personita especial en la universidad, a la que no veía hace meses. Si, a veces basta con ver a una persona para que te ilumine el día.

A pesar de la gripe, me dí el gusto de navegar un rato y encontré este artículo en el sitio de información alternativa Rebelión.

Se trata de una revisión a una de las últimas grandes obras de Art Spiegelman: In the Shadow of No Towers, historia que expresa la visión del célebre artista a los atentados de las Torres Gemelas y su tratamiento en los medios, así como las secuales que trajo.

Esta polémica obra le presentó serias dificultades al artista para ser publicada, pues como ya sabemos, ciertos sectores norteamericanos conservadores no pueden con su genio, y son capaces de estar por encima de la tan mentada democracia y libertad que dicen tener en la tierra del Tío Sam.


La historieta que nadie quiere publicar

por Juan Sasturain
Un mes atrás, y coincidente con el tercer aniversario de los atentados del 11 de septiembre, el historietista norteamericano Art Spiegelman, editor de la mítica Raw y ganador del Premio Pulitzer por su álbum Maus a principios de los noventa, lanzó en Estados Unidos –y simultáneamente en Francia, Italia, Alemania, Holanda y España– un extraordinario volumen de comics sobre la tragedia del 2001 y sus consecuencias, titulado In the Shadow of No Towers (Sin la sombra de las Torres, en su versión castellana). Mucho más allá de la resonancia mediática que le garantiza la espectacularidad del tema, se trata de un auténtico acontecimiento artístico: Spiegelman llega, formal y conceptualmente, muy lejos. Como en Maus, como en la versión ilustrada del poema The Wild Party, como en sus libros para niños, cada vez por una mano diferente, Spiegelman explora y explota nuevas formas para desafíos nuevos. El resultado es simplemente poderoso.

El álbum de sólo 42 páginas en gran formato a color y con memorable tapa negra fue editado por Pantheon Books –Editorial Norma se encargó de la edición española– y es la respuesta artística y personal del autor no sólo a los atentados terroristas, sino a su tratamiento en los medios y a sus secuelas en la política exterior de Bush, con la guerra de Irak incluida.

En el prólogo, Spiegelman cuenta su experiencia inmediata del desastre –vive en Greenstreet y Canalstreet, en la llamada “zona cero”– y evoca “la imagen del esqueleto de una de las Torres en llamas, justo antes de evaporarse”. En seguida él y su esposa, Françoise Mouly, corrieron entre el humo para rescatar a Dash, su hijo de nueve años, de la cercana Escuela de las Naciones Unidas, y a Nadja, de trece, cuyo colegio queda a pocas cuadras de las Torres. “Sentía que llegaba el fin del mundo, que el bíblico Armaggedon estaba próximo –dice–, aunque en realidad sólo mi pequeño mundo privado se acabó, y para siempre.” Bajo esa impresión, Spiegelman se puso a trabajar casi de inmediato sobre su experiencia personal del atentado como una forma de refugio, de exorcismo o de terapia.

Así, realizó esa misma semana una memorable tapa para el New Yorker, donde su mujer es directora de arte y él era, por entonces, habitual ilustrador. Es esa misma siniestra imagen –las Torres más oscuras recortadas sobre un fondo también negro– que ahora, con una tira colorida atravesada, es tapa de In the Shadow of the No Towers. Para llegar a este libro después de tres años del shock, Spiegelman no hizo otra cosa –durante todo el 2002 y hasta fines del 2003– que trabajar las páginas con una dedicación nihilista, ya que sentía que nunca las vería publicadas, que todo acabaría (Nueva York acabaría) antes de que las terminara.

“Al principio pensé sólo en capturar lo que me pasó aquel día”, recuerda Spiegelman. “Mi objetivo era mostrar lo que había visto en directo y contrastarlo con la realidad que presentaron los medios.” Y en el arranque es así: en las primeras páginas del álbum se ve a las Torres Gemelas, de diseño esquelético, envueltas en llamas de color naranja y amarillo, mientras la multitud callejera huye desesperada de la terrible escena y un gran zapato que dice “Jihad” cae sobre sus cabezas.

Sin embargo, el tiempo y Bush decidieron que el relato no se quedara allí, fuera otra cosa. Lo explica él mismo: “El New York Times publicó una reseña sobre mí en la sección de arte en el otoño del año pasado –declaraba hace poco– que incluso iba acompañada de la mismísima viñeta (extraída de su work in progress) en que yo aparecía igualmente aterrorizado tanto por Al Qaeda como por mi gobierno”.

El terror y la compulsión inicial habían ido dando espacio a una reflexión corrosiva que entreveraba planos y circunstancias, pues en otra plancha, posterior, una lluvia de botas texanas decoradas por el signo del dólar evocativas de Bush y del gobierno republicano llovían sobre personajes emblemáticos del comic norteamericano, como Little Annie o Charlie Brown. La homología es transparente. Un comentario reciente sobre el álbum puntualiza que, mientras esto ocurre, “Nueva York se convierte en escenario de la Convención Nacional Republicana; y la tragedia se transforma en parodia”. Exactamente.

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