¿Siempre ha interesado la mujer al hombre?

Ayer estuve leyendo en el suplemento Domingo de La Republica este buen artículo escrito por el siempre interesante Marco Aurelio Denegri.

Menuda sorpresa el descubrir que no siempre hemos estado detrás de las mujeres, felizmente en la época en que vivimos, si es una prioridad y tema de conversación constante, sino pregúntenle a los amigos.

Gracias mujeres por hacer esta existencia interesante 🙂

¿Siempre ha interesado la mujer al hombre?

por Marco Aurelio Denegri.-

No siempre. El hombre se ha interesado en la mujer por épocas, temporalmente, pero jamás invariablemente. En esto concuerdo con el filósofo español Julián Marías.

Durante la época romántica, la mujer movió y conmovió mucho al varón y lo inquietó sobre manera. Acaso pueda decirse, y sin exageración, que el siglo romántico, el XIX, fue el siglo de la mujer.

Otro tanto ocurrió en la Edad Media, en la época de los trovadores y las cortes de amor.
“A fines del siglo XI y comienzos del XII –dice José Ortega y Gasset– se inicia en Francia una manera de sentir el hombre a la mujer que no tiene estrictos precedentes ni en la cultura antigua ni en los siglos de la Edad Media anteriores. El hombre se complace en considerar a la mujer como algo superior a él. Se le rinde culto. Se proyecta sobre la relación sentimental entre ambos sexos la idea de ‘señorío’. La mujer es ‘señora’ y el hombre su vasallo”. (Ortega y Gasset, O.C., VII, 54-55.)

El interés que hoy tenga o pueda tener el hombre en la mujer es relativo. La mujer le interesa poco al varón. Así viene ocurriendo desde hace un tricenio (período de treinta años). Ello se debe a la creciente indiferenciación sexual. Los sexos están despolarizándose, se desdibujan, pierden la claridad de sus perfiles o contornos, tienden a la indeterminación, porque no son concretos ni definidos. El culo femenino, por ejemplo, está masculinizándose. (Véase al respecto la Breve Historia del Culo, de Jean-Luc Hennig, página 155.)

La homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad, la metrosexualidad, el androginismo, el unisexismo, el travestismo, lo intersexual, lo fuera de orden, lo irregular, extravagante y extraño, todo lo que desdibuja e indetermina en materia sexual, todo esto es lo que hoy adquiere notoriedad.

Para que el hombre se interese de veras en la mujer, y la mujer en el hombre, tiene que haber dimorfismo sexual, o sea dos formas o dos aspectos anatómicos diferentes, uno para cada sexo, y la diferenciación psicológica correspondiente que permita conductas definidas y propias de cada sexo.

Me preocupa comprobar que nuestra especie es cada vez menos dimorfa. Dícese dimorfa de la especie animal o vegetal cuyos individuos presentan de modo normal dos formas o aspectos notoriamente diferentes.

En una época como ésta, tan entreverada sexualmente, el dimorfismo sexual está desvaneciéndose. No tiene, pues, por qué sorprender que el hombre se interese cada vez menos en la mujer.

Además, hay otro hecho incontrovertible que favorece el desinterés masculino por la mujer. Me refiero a la escasez de hombres. Las mujeres saben muy bien que los hombres codiciables y apetecibles escasean, y que por el contrario ellas abundan, y en demasía. Este asunto lo ha expuesto fundadamente y con gracia y penetración Eugenia Benfield, en su libro, muy recomendable, titulado ¡Quedan Hombres! ¿Dónde están los míos? Según Benfield, actualmente es más fácil cazar un ornitorrinco australiano que conseguir marido.

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